Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Había abandonado pronto cualquier asomo de superioridad, aunque sólo fuese porque no tardó en darse cuenta de que estaba más fatigada de lo que creía. Eso y el peculiar encanto de la situación hizo que se entretuviese descansando; había cierto hechizo en que nadie supiese dónde se encontraba. Era la primera vez en su vida que le ocurría: hasta entonces siempre había habido una o varias personas que sabían dónde estaba, por lo que de pronto pudo decirse que eso no había sido vida. Lo de ahora podía serlo tal como le había insinuado su distinguido amigo. Cierto que le había pedido que no abusara, como tal vez estaba haciendo, de su soledad, pero también le había dicho que no desdeñara ninguna fuente legítima de interés. Llegó a la conclusión de que lo que él quería era que probara todas las fuentes posibles, y en el rato que pasó sentada en el banco comprendió que en esencia quería darle algo en lo que apoyarse. Si hubiera tenido que decirlo ella, lo habría llamado un sustento: el sustento que se procura a los débiles; y, mientras encajaba todas las piezas, pensó y pensó que así era como la estaba tratando. Por supuesto, ella había ido a verle como una enferma, aunque ¡con la taimada esperanza de que la creyera, en todo lo indispensable, una auténtica leona joven! Aunque no tuvo más remedio que aceptar que, a fin de cuentas, no había creído nada de ella; se consoló diciéndose que se había escabullido de una manera admirable, pero ¿acaso creía que podría seguir haciéndolo hasta el final? Sopesó la pregunta y siguió pareciéndole un poco injusta. En aquel momento tan extraordinario Milly pensó muchas cosas, algunas muy extrañas, pero, por suerte, antes de seguir su camino, llegó a una simplificación. La idea que le causó más extrañeza fue la de que tal vez él hubiese «salido» por una puerta para entrar acto seguido por otra con una caritativa y maravillosa falsedad. Aún la paralizó más pensar que tal vez a lo máximo que aspirara fuera, ocultamente, a hacerse pasar por su amigo. ¿No era eso lo que decían querer hacer las mujeres cuando rechazaban los avances de los hombres con los que no podían intimar? Sin duda era lo que creían poder hacer con los hombres con quienes no podían casarse. No obstante, no se le ocurrió que los médicos pudieran regirse por la misma ley con los enfermos que no podían ser sus pacientes: por fatua que pudiera parecer, había notado que su médico se había conmovido de un modo excepcional. El detalle fatídico —suponiendo que pudiese hablar así— era que creía haberle sorprendido intentando mostrar por ella algo más que simpatía. No había ido a verle con intención de gustarle, sino para que la juzgara, y un gran hombre como él debía estar acostumbrado a apreciar la diferencia. A ella podía gustarle él, como de hecho ocurría, pero eso era diferente, y más teniendo en cuenta que le parecía claramente compatible con dicho juicio. Pero todo habría sido muy confuso si, como decimos, no hubiese llegado en su ayuda una ola definitiva, piadosa, más bien fría, pero clarificadora.