Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Llegó de repente después de agotar las demás ideas. Se había preguntado por qué, si su caso era grave —y sabía a qué se refería con eso— le había hablado de lo que podía «hacer», siendo tan fútil; o, si no lo era, por qué había concedido tanta importancia al papel de la amistad. Llegó así, con su lucidez humilde y solitaria —si es que podía hablarse de lucidez en plena canícula en Regent’s Park— a un extraño dilema: o bien se interesaba por ella, en cuyo caso estaba enferma, o no se interesaba y estaba sana. Hasta el momento, y mientras no se demostrara lo contrario, había «actuado», como decían en su país, como si se interesase. Era evidente que alguien sometido a tanta premura debía reservar sus incoherencias que probablemente fuesen su mayor diversión, para las grandes ocasiones. Que ella hubiese sabido sorprenderle arrojó luz sobre esa idea que, según hemos visto, se había atrevido concebir y que la había ayudado a aclarar sus sensaciones. La había distinguido, eso fue lo que la hizo estremecer. Ignoraba, ¿cómo iba a saberlo?, que ella era endiabladamente sutil, como lo son siempre los sospechosos, los suspicaces y los condenados. De hecho, él había reconocido a su manera esa sutileza, al interesarse por los elementos que la componían: su extraña raza, sus extrañas pérdidas, sus extrañas ganancias, su extraña libertad, y, sin duda, por encima de todo, sus extraños modales, frecuentes entre los norteamericanos de clase alta, que, al no ser vulgares, justificaban cierta amabilidad y hacían más fácil disculparlos. Comprendía tales redundancias y disimulaba la compasión que le inspiraba, pero ella se sentía como si la desvistieran, desnudaran y expusieran a la vista de todos. La reducía a la condición de una muchacha pobre que, por ejemplo, no pudiera pagar el alquiler y contemplase ante sí la gran ciudad. Milly tenía que pagar el alquiler de su futuro y, comparado con eso, todo lo demás se desmoronaba en pedazos y se hacía jirones. Sin duda el gran hombre no había querido causarle esa impresión. En fin, debía volver a casa, como la muchacha pobre, y ya se vería. Alguna manera tenía que haber… Ella también pensaría. Tal vez estuviese al alcance de la mano. Volvió a mirar a sus melancólicos camaradas desperdigados por el parque —algunos tan melancólicos que estaban tumbados boca abajo en la hierba, apartados, sin querer saber nada, enterrados en vida—; una vez más, ante aquella alternativa en la que apenas quedaba espacio para elegir. Tal vez fuese más sorprendente que pudieras vivir si querías; pero era más atractivo, insinuante y, en suma, irresistible que quisieras vivir si podías.


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