Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Después, durante un día o dos, disfrutó más de lo que había aventurado imaginar, si es que no era una simple fantasía, engañando a Susie; y enseguida intuyó que la diferencia estaba en la simple fantasía, pues de eso se trataba, de estar contraatacando al gran hombre. Su intención de encontrarle —si lo hacía— una acompañante la convertía de pronto, o eso creyó, en irresponsable, y hacía que cualquier cosa que se le ocurriese estuviera justificada; aunque en el mismo instante en que se dispuso a disfrutar de esa impunidad encontró nuevos elementos de sorpresa, o al menos de especulación. Pensó que la señora Stringham la juzgaría con dureza, pues la descripción de su largo paseo a solas era casi cínico y superficial. Pero la buena mujer no se permitió la menor crítica, hasta el punto de que Milly se sintió tentada de dudar de si Kate Croy no habría sido desleal. ¿No le habría dado, movida por la benevolencia y la preocupación, lo que ella habría llamado «un soplo» a la pobre Susie? Debemos añadir enseguida, no obstante, que, aparte de recordar la formalidad de la promesa de Kate, encontró enseguida la explicación en una verdad que tenía la virtud de ser general. Si Susie la había perdonado sospechosamente en esta ocasión, también era cierto que siempre estaba disculpándola de forma no menos sospechosa, con una compasión deslumbrante y excepcional. La joven era consciente de que a veces le manifestaba una deferencia inescrutable e impenetrable que, sin pretenderlo, iba en contra de la familiaridad y dificultaba la intimidad entre las dos. Era como si se limitase a observar los modales y las reglas de la etiqueta cortesana, lo que ayudó a nuestra joven a comprenderla justa y cabalmente. Vio con claridad, aunque no con mucha solidez, que para ella era una necesidad tratarla como si fuese una princesa; y nada podía hacer si su amiga tenía tan trascendental concepto de cómo había que tratar a las princesas. Susan había leído historia, había leído a Gibbon, a Froude y a Saint-Simon[28]; y concedía mucha importancia a los privilegios de esa casta: si los veía, desde su infancia, débiles, sobreprotegidos, inevitablemente irónicos e infinitamente refinados, una no podía menos que encontrar gracioso que se inclinara a sentir una indulgencia de lo más bizantina. ¡Y… quién pudiera ser bizantina! ¿No era eso lo que la obligaba a una a desear insidiosamente? Milly intentó complacerla, pues realmente, en estos momentos, ser bizantina colocaba a Susie en un lugar muy bonito. A las grandes damas de esa raza —creyó recordar que Gibbon lo decía en algún sitio— no se les pregunta por sus misterios. Pero ¡ay, de la pobre Milly y los suyos! Susan, en todo caso, fue menos inquisitiva que si hubiese sido un mosaico de Rávena. Susan era un monumento de porcelana a la extraña moraleja de que la discreción podía, como el cinismo, tener sus abismos. Además, ¡por fin los puritanos eran derrotados! ¿A cuántas generaciones hambrientas no estaría compensando, en su imaginación, la señora Stringham?


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