Las alas de la paloma
Las alas de la paloma La noche en todo caso era calurosa y sofocante y, cuando las cuatro damas se juntaron para pasar la pequeña velada en el hotel con los balcones abiertos y las llamas de las velas detrás de las pantallas rosadas, colocadas como para una vigilia e inmóviles en el aire desfallecido de la estación, era ya bastante tarde. Pronto quedó claro que Milly, que se mostró más firme de lo habitual, no se sentÃa obligada a subir esa noche la escalera social por mucho que se extendiera para recibirla, y que la señora Lowder y la señora Stringham tendrÃan que afrontar solas esa prueba, pues Kate Croy se quedarÃa con su amiga a esperar su regreso. Milly, que siempre se alegraba de ver salir a Susan Shepherd, pues la veÃa marcharse con afecto y, le gustaba, por asà decirlo, librarse de la gente por medio de ella, reparaba con satisfacción, al verla subir al coche, en la desnudez —como una marea claramente descendente— de su benévola espalda. Al mismo tiempo, salir con la divertida amiga de la joven norteamericana recién llegada en lugar de con la propia recién llegada, no era el ideal de la tÃa Maud, pero pocas cosas habÃa tan reveladoras de las muchas virtudes de esta señora que el espÃritu con que —en situaciones as× aprovechaba al máximo la menor de las ventajas. Y lo hacÃa con una alegre falta de ilusión; incluso llegaba a confesárselo a la pobre Susie, porque, con franqueza, tenÃa buen natural. Cuando la señora Stringham afirmó que su luz era sólo prestada y que se la apreciaba sólo por ser un eslabón, por fortuna no perdido, la tÃa Maud estuvo de acuerdo hasta el punto de llegar a decir: «Bueno, querida, siempre eres mejor que nada». Esa noche, además, Milly comprendió que la tÃa Maud tramaba alguna cosa. La señora Stringham, antes de partir con ella, fue a buscar un chal o alguna otra prenda, y Kate, impaciente por verlas marchar, salió al balcón y se quedó allà un rato, aunque no habÃa muchas más cosas que contemplar que las pálidas estrellas de Londres y la luz chillona, calle arriba, en una esquina, de una pequeña taberna, frente a la cual descansaba un caballo escuálido. La señora Lowder aprovechó la ocasión y Milly tuvo la sensación al oÃrla de que actuaba movida en parte por la necesidad.