Las alas de la paloma

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Por supuesto, lo había dejado en sus manos y estaba más intrigado entonces que en Brook Street[33]. Se repitió que si no les ayudaba a triunfar complicaría las cosas. Sin duda eso era una parte de su perplejidad ante otras cuestiones. Kate se había ido sin aceptar su pequeño desafío sobre las condiciones de su amistad con la querida Milly. Su querida Milly, era razonable, formaba en cierto modo parte del cuadro. Su querida Milly, que había aparecido en su ausencia, ocupaba —no habría sabido decir por qué lo intuía— una posición más central de lo que habría cabido esperar al principio. Estaba en primer plano, y casi era como si le hubiesen hecho sitio. Kate parecía haber dado por sentado que él sabría por qué; pero ésa era justo la clave. Ocupaba un espacio en el que él mismo, su relación con Kate, apenas tenía sitio para moverse. Pero la señorita Theale tal vez fuese en esa circunstancia una oportunidad parecida a la apaciguada, si no aquiescente, tía Maud. Podía ser cierto también que, si no era una molestia, sería una ventaja. De pronto creyó entender, al reanudar el paseo, que eso podía ser lo que había querido decir Kate. La encantadora joven la adoraba —Densher se había dado cuenta— y protegería, propiciaría, sus encuentros. Podían tener lugar, en otras palabras, en su hotel, lo cual los sacaría de la calle. Era una explicación que tenía sentido. Claro que el hecho de que su próximo encuentro no fuese a depender en nada de Milly parecía contradecirla. Sin embargo, tal vez pudiese explicarse por la necesidad de más preliminares. Una de las cosas que haría el jueves en Lancaster Gate sería comprobar si estaba en lo cierto.


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