Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¡Qué manera de hablar de ella! —suspiró compungida Kate. Pero ahà estaban los hechos—: No quiero saber nada de enfermedades.
—No es verdad… puesto que estás, a pesar de lo que digas, implicada.
—¡Ah, no soy más que una espectadora…!
—Y ¿quieres que ocupe tu lugar? ¡Muchas gracias!
—¡Oh! —dijo Kate—, es mi manera de meterte en esto. De ese modo tendrás la medida de lo que espero de ti. Nunca es pronto para empezar.
Apartó, cuando creyó notar un movimiento en el balcón, la mano que un minuto antes él habÃa tomado entre las suyas, y la advertencia volvió a ponerlo en guardia.
—¿No sabes siquiera si su caso requiere cirugÃa?
—DirÃa que es posible; en fin, si tiene algo, tal vez haya que aplicarla. Por supuesto, está en las mejores manos.
—Entonces ¿la han visto los médicos?
—Los ha visto ella, que viene a ser lo mismo. Creo que ya puedo decÃrtelo: ha ido a consultar a sir Luke Strett.
Densher hizo una mueca.