Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Densher la habÃa escuchado sin quitarle los ojos de encima, mientras ella paseaba pensativa la mirada como si sus palabras le parecieran más impresionantes que lúcidas.
—¿«Crees» y «dejas de creer», pero no tienes ni idea de qué es lo que le pasa?
—No, no es que no tenga ni idea; pero no quiero saberlo. Y ella tampoco quiere que se entere nadie; tiene, respecto a lo que tal vez esté consumiéndola, una especie de ferocidad o de modestia, una especie de… no sé cómo llamarlo, orgullo muy marcado. Y además, y además… —Pero entonces titubeó.
—Además ¿qué?
—Soy muy bruta con eso de las enfermedades. Las detesto. Tienes suerte, querido —prosiguió Kate—, de estar sano como una manzana.
—¡Gracias! —se rio Densher—. Pero también tú eres afortunada de ser fuerte como un roble.
Ella lo miró un momento como regocijándose de sus jóvenes inmunidades. Era lo único que tenÃan, pero al menos lo tenÃan sin fisuras: los dos contaban con la belleza, la felicidad fÃsica, la virtud personal, el amor y el deseo del otro. Sin embargo, fue como si esa misma conciencia los devolviera instantes después a la compasión por la pobre chica que lo tenÃa todo en el mundo, bienes inmensos de los que ellos, ¡ay!, carecÃan, pero a la que, por otro lado, le faltaba justamente eso.