Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¡Bueno… con tal de que haya aventuras que no sean naufragios! —Densher, en suma, estaba dispuesto, pero volvió a lo que habÃa dicho antes—. Lo que digo es que no da la impresión, a los sentidos o lo que sea, de ser una enferma.
Kate, lo admitió.
—No… en eso radica su belleza.
—¿Su belleza…?
—SÃ, ¡es maravillosa! No se le notará, igual que tu reloj, cuando está a punto de pararse por falta de cuerda, no te avisa ni parece diferente de lo normal. No tendrá una muerte, ni una vida, lenta. No olerá, por asà decirlo, a medicamentos. No sabrá, por asà decirlo, a medicina. No se enterará nadie.
—Entonces ¿de qué estamos hablando? —preguntó francamente confundido—. ¿En qué estado tan extraordinario se encuentra?
Kate prosiguió como si, a partir de ese momento, hablara para sus adentros.
—Creo que, si está enferma, es muy grave. Creo que si está mal, no está un poco mal. No sabrÃa decirte por qué, pero asà es como la veo. Vivirá de verdad o morirá. Lo tendrá todo o lo perderá todo. Y no creo que vaya a tenerlo todo.