Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Quiero —dijo la joven— que las cosas sean agradables para ella. Utilizo con ese propósito lo que tengo a mano. Tú eres lo más precioso que tengo, y por tanto lo que más uso.
Él se quedó un buen rato mirándola.
—Ojalá pudiera usarte yo un poco más. —Luego, al ver que ella seguÃa sonriendo—. ¿Es una enfermedad pulmonar grave? —preguntó.
Por un instante dio la impresión de que Kate habrÃa preferido que lo fuese.
—Creo que no son los pulmones. ¿No es curable la tuberculosis si se coge a tiempo?
—Desde luego hay quien se cura —antes de que ella pudiera responder, añadió—: La verdad es que parece que su presencia fÃsica la ponga a salvo de esas cosas; a pesar de su juventud es la de alguien que ha pasado ya por todo lo que es concebible que pueda pasarle a uno. Parece, dirÃa yo, la superviviente de un naufragio. Alguien asà sin duda podrÃa, según la doctrina de las probabilidades, hacerse a la mar con confianza. Ya ha tenido su naufragio y ha vivido su aventura.
—¡Oh, te concedo lo del naufragio! —Kate tenÃa respuesta para todo—. Pero deja que viva su aventura. Hay naufragios que no son aventuras.