Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¿De qué?
—De todo eso que, si está enferma, va a perder por fuerza. No me preocuparÃa si no tuviese tanto —dijo Kate sin más. Y luego, al verlo sonreÃr con cierta amargura, añadió—: No me preocuparÃa si hubiera algo que tuviese de verdad. —La joven hablaba sin duda con una noble compasión—. No tiene nada.
—¿Ni siquiera a esos jóvenes duques?
—Bueno, ya veremos… Veremos qué se puede esperar de ellos. En todo caso ella ama la vida. Conocer a alguien como tú —siguió explicándole Kate— equivale a sentir, aparte de otras muchas cosas, que te conviertes en parte de la vida. ¡Oh, ya ha hecho planes para ti!
—Me parece, querida, que eres tú la que los ha hecho… —ParecÃa distante y triste—. Dime ¿qué se supone que debo hacer con los duques?
—¡Oh, los duques se llevarán una decepción!
—Y ¿por qué no iba a ser yo quien se decepcionase?
—Tú no habrás puesto en juego tantas esperanzas —dijo Kate con una maravillosa sonrisa—. Además, también te decepcionarás. Habrás puesto las suficientes.
—Y, sin embargo, ¿quieres que lo haga?