Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Ah, muy bien —dijo Densher, con una súbita y extraña sensación de incomodidad—, y ¿no podrÃa explicarle alguien que no lo puede tener todo?
—No… porque nadie querrÃa. En realidad —prosiguió Kate—, ha causado muy buena impresión. Pregunta a la tÃa Maud… Tal vez creas que tengo prejuicios —añadió con una extraña sonrisa—. La tÃa Maud te lo dirá… Tiene el mundo a sus pies. Todo empezó después de que la vieses, y es una pena que te lo hayas perdido, porque sin duda te habrÃa divertido. Ha sido todo un éxito, dentro, claro, de lo posible en tan poco tiempo, y lo ha sobrellevado como un auténtico ángel. Imagina un ángel con una abultadÃsima cuenta en el banco y tendrás la expresión más sencilla de a qué me refiero. Su fortuna es inmensa; la tÃa Maud ha averiguado todos los datos, o la mayor parte, en sus últimas confidencias con «Susie», y Susie sabe de lo que habla. Ahora lo sabes por tus últimas confidencias conmigo. Ya lo ves —Kate expresó ante todo a qué se reducÃan las cosas—. Como ves, podrÃa casarse con quien quisiera. Te aseguro que no somos vulgares. Sus posibilidades son evidentes.
Densher dio a entender que no le inspiraban ni desagrado ni desconfianza.
—Pero, entonces, ¿qué puedo hacer yo por ella?
Kate tenÃa preparada la respuesta.
—Consolarla.