Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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—La tía Maud y yo nos despedimos —o casi— de ellas la noche antes de que Milly nos encontrase juntos, cuando fue de manera tan inesperada a la National Gallery para ver por última vez los cuadros. En aquel momento tenían intención de partir al cabo de uno o dos días. Pero no se han ido… ni parece que se vayan a ir. Cada vez que las veo, como esta mañana, se inventan algún pretexto ostentoso. Iban a marcharse, pero han retrasado el viaje. —Tras lo cual la joven dijo—: Lo han retrasado por ti. —Él se quejó cuanto podía quejarse sin parecer fatuo, pues incluso la queja implicaba que lo consideraba posible; pero Kate, como siempre, lo tenía clarísimo—. Has hecho que Milly cambiase de opinión. No quiere añorarte, pero también quiere que no se le note; y, como he insinuado antes, es posible que por eso no haya venido esta noche. No sabe cuándo volverá a verte; ni siquiera si volverá a verte. No imagina el futuro. Se ha desplegado ante ella en estas últimas semanas como una cosa oscura y confusa.

Densher preguntó:

—¿Después de esta temporada social tan maravillosa que, según decís todos, ha pasado?

—Exacto. Hay una sombra que la oscurece.

—¿La sombra, te parece, de un deterioro físico?

—Un deterioro físico. Ni más ni menos. Le asusta. Tiene mucho que perder. Y quiere más.


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