Las alas de la paloma
Las alas de la paloma La alta, opulenta e imponente mansión de Lancaster Gate, al otro lado del parque y de las inmensas extensiones de South Kensington, le habÃan parecido, en su infancia, en su juventud, el lÃmite más remoto de su vago mundo. Quedaba fuera y era más esporádico que cualquier otra cosa en el cÃrculo relativamente reducido en que se movÃa y, por una austeridad intuida desde muy pronto, daba la impresión de que sólo se podÃa llegar a él después de recorrer largas, rectas, desazonadoras perspectivas, calles como telescopios, cada vez más largas y más rectas, mientras todo lo demás quedaba reducido a los alrededores de Cromwell Road o, a lo sumo, al lado más próximo de Kensington Gardens. La señora Lowder era su única tÃa «de verdad», no la mujer de uno de sus tÃos, y por tanto habÃa sido, tanto al principio como cuando acontecieron sus mayores desdichas, la persona más indicada para intervenir; a pesar de lo cual nuestra joven tenÃa la impresión, sopesada a lo largo de los años, de que las intervenciones de su tÃa no habÃan estado a la altura de la situación. Era como si los principales oficios de aquella pariente con los jóvenes Croy —además de proporcionarles su cuota fija de grandeza social— hubiesen consistido en inculcarles la idea de lo que no podÃan esperar. Cuando Kate tuvo edad de recapacitar sobre semejante cuestión con pleno discernimiento, no acertó a imaginar cómo la tÃa Maud podrÃa haber sido distinta y comprendió en cambio que muchas otras cosas sà podÃan haberlo sido; no obstante, también intuyó que, si habÃan vivido conscientemente expuestos al gélido aliento de ultima Thule, era porque, tal como estaban las cosas, no tenÃan otra opción. Lo que parecÃa claro era que la señora Lowder no les tenÃa tanta antipatÃa como imaginaban. En todo caso, para demostrar que luchaba contra dicha aversión, iba a veces a visitarlos, los invitaba de cuando en cuando a su casa y, en suma, tal como se veÃa ahora, se relacionaba con ellos de la mejor manera para que su hermana tuviese el perenne lujo de sentirse afrentada. La joven sabÃa que la pobre señora Croy siempre habÃa juzgado a su hermana con resentimiento y los habÃa educado, a Marian, a los chicos y también a ella, con la idea de una actitud concreta, que los habÃa conducido a vigilarse unos a otros con temor para asegurarse de que la estaban poniendo en práctica. Tal actitud consistÃa en demostrarle a la tÃa Maud, con la misma regularidad con que ella los invitaba, que se bastaban —muchas gracias— ellos solos. Aunque Kate llegó a comprender que la razón era únicamente que ella no les bastaba a ellos. Lo poco que les ofrecÃa debÃa ser aceptado bajo protesta, pero no porque en realidad fuese excesivo. Era una ofensa —y ¡ahà estaba el problema!— porque era poca cosa.