Las alas de la paloma
Las alas de la paloma La de cosas nuevas que veÃa nuestra joven señorita desde la alta y soleada ventana que daba al parque, tantas que (aunque algunas no eran más que lo mismo de siempre modificado y, como se decÃa en otros casos, acicalado) la vida adquirÃa cada vez más, semana tras semana, el rostro de un apuesto y distinguido desconocido. Ya no era joven —pues le parecÃa que a los veinticinco años era ya tarde para recapacitar—, y la sensación que la embargaba era un tipo de remordimiento que nunca habÃa conocido. El mundo era diferente —para bien o para mal— de lo que le habÃan contado sus escasas lecturas y tenÃa la impresión de haber perdido el tiempo. De haberlo sabido podrÃa haberse preparado para enfrentarse mejor a él. En cualquier caso, todos los dÃas hacÃa algún descubrimiento, unas veces sobre sà misma y otras sobre los demás. En particular dos de ellos —uno de cada clase— se turnaban para inquietarla. Reparó, como no habÃa reparado nunca, en lo mucho que la atraÃan las cosas materiales. Comprendió, y se ruborizó avergonzada al comprenderlo, que si, a diferencia de lo que le ocurrÃa antes, la vida le parecÃa un vestido bien arreglado, era por los adornos, las puntillas, las cintas, la seda y el terciopelo. La alarmaba ser tan accesible a ese tipo de placeres. Le encantaban las lujosas habitaciones que le habÃa asignado su tÃa, le gustaban literalmente más de lo que le habÃa gustado nunca ninguna otra cosa; y nada podrÃa haberla inquietado más que la sospecha de que su pariente habÃa comprendido esa verdad. Su tÃa era prodigiosa: nunca le habÃa hecho justicia. Esas generosas condiciones le recordaban a ella todo el tiempo, de la mañana a la noche; pero era una persona a quien cuanto más conocÃas, por extraño que pudiera parecer, más te daba la sensación de tener el corazón en un puño.