Las alas de la paloma
Las alas de la paloma El segundo descubrimiento fue que, lejos de tener poca importancia para la señora Lowder, el hogar roto de Lexham Gardens la había obsesionado día y noche. Todo el invierno Kate había pasado horas de observación, que no por solitarias habían sido menos agudas; los recientes acontecimientos le garantizaban cierto aislamiento, explicado por el luto, y era en ese aislamiento donde más se hacía notar la influencia de su tía. Incluso en la distancia, sentada allí abajo, la tía Maud seguía siendo una presencia capaz de ejercer una considerable presión sobre su sensible sobrina, que comprendía ahora que hacía mucho que había sido escogida. Sabía más de lo que podría haber contado al lado de la chimenea del piso de arriba en una oscura tarde de diciembre. Sabía tanto que casi era lo que la retenía allí y lo que la hacía ir y venir del pequeño sofá tapizado de seda de delante de la chimenea al enorme y grisáceo mapa de Middlesex que se extendía ante su vista. Bajar, abandonar su refugio, equivalía a toparse a mitad de camino con alguno de sus descubrimientos y tener que hacerles frente o huir de ellos, mientras que, desde tales alturas, eran como el rumor de un asedio lejano que llegase hasta una ciudadela bien aprovisionada. Esas semanas casi había llegado a gustarle la causa de tanta tensión e incertidumbre: la muerte de su madre, el hundimiento de su padre, el desconsuelo de su hermana, la confirmación de sus limitadas perspectivas, la certeza en particular de tener que admitir que si actuaba, como decía ella, decentemente (es decir, si hacía, a pesar de todo, algo por los demás) se quedaría sin nada. Se decía que tenía derecho a la tristeza y al silencio, y los cultivaba por su poder dilatorio. De este modo podía posponer una rendición, aunque aún no sabía con exactitud a qué: una rendición incondicional (así la concebía en ocasiones) a la ominosa personalidad de la tía Maud. Era esa personalidad lo que la hacía tan prodigiosa y, si le parecía amenazante, era porque, en el aire espeso y neblinoso de su existencia concertada, había sin duda partes magnificadas y partes ciertamente desdibujadas. En todos los casos, tanto lo borroso como lo claro representaban una voluntad fuerte y una mano firme. Kate sabía muy bien que podía ser devorada, y se comparaba a un cabritillo tembloroso al que guardaran apartado un par de días hasta que llegase su hora, pero al que antes o después acabarían echando a la jaula de la leona.