Las alas de la paloma
Las alas de la paloma La jaula era la propia habitación de la tía Maud, la oficina donde llevaba las cuentas, su campo de batalla y, en suma, el particular escenario en el que actuaba; estaba en la planta baja, daba al vestíbulo principal y a nuestra joven le recordaba la garita de un centinela o un puesto de peaje. La leona esperaba, o al menos eso intuía el cabritillo, consciente de que no muy lejos había un bocado tierno. Entretanto habría sido una leona maravillosa para exhibirla en una jaula o en cualquier otro sitio, una figura extraordinaria, majestuosa, magnífica, de colores vivos, lustrosa y brillante, siempre satinada, cubierta de abalorios centelleantes y gemas resplandecientes, con brillantes ojos de ágata, una melena negra como ala de cuervo y la piel tan tersa —como si estuviese demasiado estirada— que parecía porcelana bien cuidada, sobre todo en las curvas y los pliegues. Su sobrina le había puesto en secreto un mote que no le había dicho a nadie: cuando se dejaba llevar por su fantasía le parecía típicamente insular y la imaginaba como la Britania de la Plaza del Mercado, una Britania inconfundible, pero con una pluma detrás de la oreja, y sabía que no descansaría hasta que tuviese ocasión de añadir a la panoplia un casco, un escudo, un tridente y un libro mayor. No obstante, lo cierto era que las fuerzas con las que Kate tendría que enfrentarse no eran las que daba a entender una imagen clara y sencilla; a fin de cuentas, estaba aprendiendo a conocer a su pariente día a día y había comprendido ya el error de confiar en fáciles analogías. Había una faceta de Britania, la de su florido fariseísmo, sus plumas y su séquito, sus muebles barrocos y su pecho palpitante, los falsos dioses de su gusto y las notas falsas de su conversación, cuya sola contemplación podía ser peligrosamente engañosa. Era una Britania compleja y sutil, tan vehemente como práctica, y el ridículo donde guardaba sus prejuicios era tan profundo como ese otro bolsillo lleno de monedas acuñadas con su imagen por las que era más conocida. Llevaba a cabo, en suma, detrás de su frente agresivo y defensivo, diversas operaciones decididas por su sabiduría. De hecho, ya hemos insinuado que nuestra joven señorita la veía desde su ciudadela aprovisionada ante todo como una asaltante, y lo que la hacía más temible en ese papel era su inmoralidad y su falta de escrúpulos. Así era, en cualquier caso, como la imaginaba Kate con despreocupación juvenil en aquellas sesiones silenciosas, y dicha imagen representaba suficientemente que su peso se sumaba en la balanza a ciertos peligros, que, como hemos dicho, impulsaban a la joven a ocultarse en la primera planta mientras su tía, a la vez combativa y diplomática, ganaba el mayor terreno posible. Sin embargo, ¿cuáles eran, al fin y al cabo, esos peligros, sino los peligros de la vida y de Londres? La señora Lowder era Londres, era la vida, el ruido del asedio y el fragor del combate. Después de todo, Britania también temía algunas cosas, pero la tía Maud no temía nada, ni siquiera, daba la impresión, los más sesudos pensamientos.