Las alas de la paloma
Las alas de la paloma No obstante, Kate guardaba para sí esas impresiones hasta el punto de que apenas las compartía con la pobre Marian, a pesar de que la razón ostensible de sus frecuentes visitas fuese hablar de todo con ella. Una de las razones que la impulsaban a resistirse a la última concesión a la tía Maud era que podría ser más libre para dedicarse a esa otra pariente mucho más cercana, y mucho menos afortunada, con quien la tía Maud no quería tener casi nada que ver. El mayor inconveniente de su situación, entretanto, era precisamente que cualquier relación con su hermana tenía el efecto de acobardarla y atarle las manos, y de recordarle además a diario el papel, no siempre inspirado o reconfortante, que pueden desempeñar en la vida los vínculos de sangre. Ahora tenía enfrente tales vínculos y le parecía haber cobrado una conciencia más clara de ellos tras la muerte de su madre, a pesar de que ésta se había llevado consigo la mayor parte. Su padre obsesivo y agobiante, su tía amenazadora e intransigente y sus sobrinas y sobrinos sin un penique hacían vibrar de forma excesiva la cuerda de su piedad familiar. Su manera de formularlo —sobre todo con respecto a Marian— era que veía hasta dónde podía llevarte el cultivo de la consanguineidad. Según creía, había podido comprobar el peso de semejante carga en otro tiempo, en los días en que, al ser la pequeña, ninguna otra persona en el mundo le había parecido tan hermosa como Marian, ni más encantadora, inteligente y merecedora del éxito y la felicidad. Ahora las cosas habían cambiado, pero por muchas razones se había visto obligada a adoptar la misma actitud. El objeto de su admiración había dejado de ser hermoso y las razones para pensar que era inteligente ya no estaban tan claras; sin embargo, viuda, despechada, desanimada y resentida, seguía siendo su hermana mayor. La sensación que tenía Kate era que siempre la obligaba a algo; y, cada vez que iba al triste barrio de Chelsea, al llegar a la puerta de la casita cuyo reducido alquiler no podía quitarse de la cabeza, se preguntaba con fatalismo de qué se trataría en esa ocasión. Reparaba con agudeza en que el desencanto volvía egoísta a la gente, se maravillaba de la calma —a la pobre mujer sólo le quedaba eso— con que Marian daba por sentado ciertas cosas, como que, por el hecho de ser la pequeña, debía someterse y desempeñar para siempre el papel de hermana. Desde ese punto de vista, Kate existía sólo para la casita de Chelsea, y la moraleja, por supuesto, era que cuanto más te entregabas en menos te quedabas. Siempre había gente dispuesta a aprovecharse de ti que no se paraba a pensar que te estaba devorando: lo hacía sin darse cuenta siquiera.