Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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No había mayor desdicha, o al menos mayor desconsuelo, razonaba además, que estar hecha a la vez para ser y para ver. Siempre veías, en ese caso, algo distinto de lo que eras y en consecuencia nada de la paz de tu situación. No obstante, como a Marian nunca la dejaba ver cómo era, tal vez no se hubiese percatado de que ella también veía. Desde su posición, Kate no era hipócrita porque fingiese ser virtuosa, porque se entregara de verdad, sino porque fingía ser estúpida, ya que ocultaba cómo era en realidad. Lo que más disimulaba Kate era la particular desazón que le producía comprobar que su hermana hacía instintivamente todo lo posible para someterla a su tía; un estado del espíritu que ante todo subrayaba lo pobre que se puede llegar a ser cuando te obsesiona la falta de dinero. Kate era sólo un medio para llegar a la tía Maud y lo de menos era lo que pudiera ocurrirle a ella. En una palabra, debía quemar sus naves en beneficio de Marian, quien por su parte estaba dispuesta a olvidar una dignidad que tenía motivos, aunque a ella eso le trajera sin cuidado, para ser un poco más estricta. De modo que, si hubiese querido ser estricta por las dos, Kate habría tenido que actuar de forma egoísta y preferir determinado ideal de comportamiento —egoísta donde los haya— a la posibilidad de conseguir unas migajas para las cuatro criaturas. La indignación que le había causado a la señora Lowder la boda de su sobrina mayor con el señor Condrip apenas había disminuido; el fatuo comportamiento del señor Condrip, el cura de gesto santurrón de una triste parroquia de las afueras, había sido tan notorio que no se habían suavizado las críticas. Había adoptado por sistema aquel gesto porque Dios sabía que no tenía otra cosa que ofrecer, nada con lo que enfrentarse al mundo, y ni siquiera concebía el decoro de vivir y ocuparse de sus propios asuntos. Por parte de la tía Maud las críticas no se habían aplacado porque no era de las que disculpan algo semejante sólo porque haya adquirido el privilegio del patetismo. No estaba dispuesta a perdonar y el único intento que hizo de olvidar fue dejar de lado —además de a la delincuente superviviente— a la pequeña y compacta falange en que se habían convertido los Condrip. De las dos sórdidas ceremonias que ella había metido en el mismo saco, la boda y el entierro, sólo había asistido a la primera, y antes había enviado a Marian un generoso cheque, pero eso no había representado para ella más que la sombra de la admisión de un vínculo con la vida de la señora Condrip. Le disgustaban tanto los niños ruidosos y sin futuro como las viudas llorosas e incapaces de enmendar sus errores; y había puesto así al alcance de Marian uno de los pocos lujos que le quedaban, ahora que todo lo demás había desaparecido: una excusa para sentirse constantemente agraviada. Kate Croy recordaba bien lo que había hecho su madre en una situación parecida y el fracaso de Marian consistía en no haber sabido arrancar el fruto del resentimiento que las obligaba, en tanto que hermanas, a una especie de camaradería en la abyección. Si la teoría era que ¡ay!, una de las dos había dejado de ser visible pero la otra seguía siendo lo bastante visible para compensarlo, ¿cómo no reparar en que Kate no podía abandonar a su hermana sin ser cruel y orgullosa? Esta lección se hizo aún más evidente para nuestra joven señorita al día siguiente de la conversación con su padre.


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