Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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—¿Ah, no? —La sonrisa misma le produjo tal efecto que corrió implorante a su lado con las manos extendidas, y ella las estrechó entre las suyas como si quisiera contenerlo y sujetarlo al mismo tiempo. Sujetándolo así un minuto fue como lo contuvo; lo sostuvo el tiempo suficiente, mientras se miraban a los ojos profundamente y esperaban en silencio a que se recuperase y recobrase la discreción. Él se ruborizó como haciéndose cargo de dónde se hallaban, y eso le brindó a ella una de sus victorias habituales, que adoptó inmediatamente otra forma. Cuando le soltó las manos fue para tomar, por así decirlo, las de Milly. En todo caso no era con Milly con quien había roto—. Haré todo lo que quieras —declaró como agradeciéndole que aceptara su condición, que en la práctica había impuesto ella.

Kate volvió a su idea inicial y enseguida obró en consecuencia.

—Si eres tan bueno para hacer eso, me voy. Dile que, al ver que estabas tú, no he querido esperar. Díselo, ya sabes, como si fuese cosa tuya. Ella entenderá.

Había llegado a la puerta; estaba muy decidida, pero antes de que se fuese le embargó una última duda.

—No veo cómo puede entender tanto sin entender demasiado.

—Ni falta que hace.

Entonces le pidió una última aclaración:

—¿Debo seguir sencillamente a ciegas?


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