Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Debes ser sencillamente amable con ella.
—¿Y dejar que tú te ocupes de lo demás?
—Dejar que ella se ocupe de lo demás —dijo Kate, y se marchó.
Todo se reducÃa, una vez más, a lo mismo que antes. Milly, tres minutos después de que se fuese Kate, regresó engalanada: su gran sombrero negro, tan poco supersticiosamente a la moda, su delicado vestido completamente negro, la tela que le envolvÃa el cuello, que Densher tomó vagamente por infinitos metros de valioso encaje, y que, con el tejido sujeto por gruesas hileras de perlas, pendÃa hasta sus pies como la túnica de una sacerdotisa. Enseguida le habló de la visita y la huida de su amiga.
—No contaba con encontrarme aquà —dijo; y lo dijo sin dificultad. HabÃa doblado la esquina y ya no era cuestión de una palabra más o menos.
Ella dio por suficiente esta explicación; pasaba por alto cualquier cosa que pudiera incomodarlos.
—Lo lamento… aunque, por supuesto, la veo muy a menudo.
Él se lo tomó como una discriminación a su favor que al mismo tiempo justificaba a Kate. Ésta era la manera de actuar de Milly cuando dejaban las cosas en sus manos. Bueno, ahora las dejarÃan del todo en sus manos.