Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Tenéis que quedaros unos dÃas, y cenar las dos cuanto antes con él. —Además, Maud se atribuyó el mérito de haber hecho mucho, dos noches antes, gracias a una especie de intuición piadosa o a una sabia presciencia, para preparar el terreno—. La pobre niña se delató, en el rato que estuvo conmigo cuando fuiste a buscar el chal.
—¡Oh!, recuerdo cómo me lo contaste después. Aunque no fue nada que yo no hubiese notado —observó Susie, haciéndose justicia.
Pero la señora Lowder la contradijo con tanta decisión que la hizo dudar de lo que habÃa dicho.
—Supongo que deberÃa sentirme edificada por las cosas a las que estás dispuesta a renunciar de forma tan generosa.
—¿Renunciar? —repitió la señora Stringham—. Yo no renuncio a nada: me aferro.
Su anfitriona demostró su impaciencia volviéndose con cierta rigidez hacia el escritorio con adornos de latón y cambiando de sitio uno o dos de los objetos que habÃa en él.
—Pues yo me rindo. Sabes que el señor Densher no es ni mucho menos lo que tenÃa pensado para ella. Sabes lo que creÃa posible.