Las alas de la paloma

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—Yo, gracias a Dios, miento muy bien —casi gruñó la señora Lowder—, cuando, como ocurre a menudo, no se puede hacer otra cosa mejor. Una tiene que hacer siempre lo mejor. Aunque, en tal caso —continuó—, tal vez lo consigamos sin necesidad de mentiras. —Su interés había aumentado; su amiga la notó, al cabo de unos minutos, más exaltada y comprometida y enseguida comprendió la causa de esa diferencia. Aunque en ese momento la señora Stringham sólo acertó a discernirla vagamente; al principio sólo vio que Maud había encontrado una razón para ayudarla; la razón era que, extrañamente, ella también podía ayudar a Maud, para lo cual estaba incluso dispuesta a mentir. Lo que mejor captó fue tal vez que su anfitriona estaba un poco decepcionada por sus dudas sobre la solidez social de esa forma de actuar; y que eso a su vez arrojaría una luz más clara. El terreno en el que podían coincidir de manera más íntima era la verdad sobre el error de Kate, tal como lo presentaba su tía, el error sobre sus sentimientos, que podía corregirse. La señora Stringham vio que la había reclutado para sacar del error a Kate: mediante artes, no obstante, que de momento no acertaba a comprender. O ¿sería sólo para sacar del error al señor Densher? Y, si lo conseguían, eso podría hacer que consiguieran más cosas. Ante esta tarea, por desgracia, su corazón ya había flaqueado. Notó que creía a pies juntillas en lo que creía Milly, y en lo que haría que cuidar de ella fuese un esfuerzo espantoso. Todo eso estaba confusamente presente en su interior: una nube de preguntas de la que, no obstante, sobresalía la enorme figura sedente de Maud Manningham, como una mole cada vez más definida, que adoptaba en cierto modo la forma de un oráculo. El oráculo habló: o al menos ésa fue su impresión, una impresión acorde con el aire que la vio inhalar. «Sí —dijo—. Te ayudaré con Milly, porque si sale bien me será de ayuda con Kate»: una idea que la señora Stringham pudo entender. De pronto se sintió, aunque sea raro decirlo, dispuesta a actuar en perjuicio de Kate, o al menos por el bien de Kate, tal y como con noble preocupación lo entendía la señora Lowder. De pronto sintió que, aunque en el fondo estaba convencida de su buena estrella, le daba igual lo que pudiera ser de Kate: Kate no estaba en peligro. Kate no era conmovedora; pasara lo que pasara Kate Croy sabía cuidar de sí misma. Vio además que, a estas alturas, su amiga discurría incluso más deprisa. La señora Lowder había bosquejado ya, en su imaginación, un plan de acción, un plan que expuso de manera muy vívida al decir:


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