Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Y aun asà ¿no crees peligroso insultarle en mi presencia?
—Sà —confesó la señora Condrip—; pero ¿cómo hablar de él de otra manera? Admito que no tendrÃa que hacerlo. Pero, como acabo de decirte, quiero que lo sepas.
—¿Que sepa qué?
—Que me parecerÃa con mucho —replicó Marian— lo peor que pudiera pasarnos.
—¿Porque no tiene dinero?
—SÃ, eso por una parte. Y también porque no confÃo en él.
Kate se mostró cortés, pero respondió con indiferencia.
—¿En qué no confÃas?
—En que llegue a tenerlo algún dÃa. Y tú tienes que tener dinero. Y lo tendrás.
—¿Para dártelo a ti?
Marian respondió con una celeridad que casi sonó impertinente.
—En primer lugar para tenerlo. Para, en todo caso, no seguir sin un penique. Luego ya veremos.