Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¡Claro que lo veremos! —exclamó Kate Croy. Detestaba esa forma de hablar, pero ¿qué podÃa hacer si Marian optaba por ser vulgar? Pensó con renovada aversión en las señoritas Condrip—. Me hace gracia cómo lo dispones todo y das las cosas por sentadas. Si tan fácil es casarse con hombres deseosos de que malgastemos su dinero, no sé por qué no lo hacemos todas. Pero yo no conozco a muchos, ni veo por qué iba a interesarles. Vives —añadió— en un mundo de ilusiones.
—No tanto como tú, Kate, porque yo veo lo que veo y no puedes escabullirte sin más. —La hermana mayor hizo una pausa lo bastante larga para que en el rostro de la pequeña se dibujara, a pesar de su superioridad, la aprensión—. No estoy hablando de cualquier hombre, sino del que proponga la tÃa Maud, ni de cualquier dinero, sino, si quieres formularlo asÃ, del de la tÃa Maud. Lo único que digo es que hagas lo que ella quiere. Te equivocas si crees que quiero algo de ti; sólo quiero lo mismo que ella. ¡Con eso me basta! —A Kate le pareció horrible el tono con que lo dijo—. Tal vez no crea en Merton Densher, pero al menos creo en la señora Lowder.
—Tus ideas son de lo más sorprendente —replicó Kate—, sobre todo porque coinciden con las de papá. A lo mejor te interesa saber que ayer mismo me las expuso con toda la inspiración que puedes imaginar…
Quedó claro que sà le interesaba.