Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¿Ha ido a verte?
—No, fui yo a su casa.
—¿De verdad? —quiso saber Marian—. ¿Con qué propósito?
—Para decirle que estoy dispuesta a irme a vivir con él.
Marian la miró con fijeza.
—¿Dispuesta a dejar a la tÃa Maud…?
—Por mi padre, sÃ.
La pobre señora Condrip se habÃa congestionado de horror.
—¿Estás dispuesta…?
—Eso le dije. Es lo menos que podÃa hacer.
—Y, dime, ¿podÃas hacer más? —replicó Marian con la voz entrecortada por el disgusto—. ¿Qué es él para nosotras? Y ¡me lo dices asÃ, como si tal cosa!
Se miraron a la cara, Marian tenÃa los ojos llenos de lágrimas. Kate los observó un momento y luego dijo:
—Lo habÃa meditado mucho… una y otra vez. Pero no tienes por qué ofenderte. No me voy. No me quiso.
Su hermana seguÃa jadeando… Aún tardó un tiempo en calmarse.