Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Bueno, yo tampoco te habrÃa querido… Te aseguro que, si su respuesta hubiese sido otra, me habrÃa negado a recibirte. Y me ofende que hayas tenido esas intenciones. Si te hubieses ido con papá, tendrÃas que haber dejado de venir por aquÃ. —Marian lo dijo, de manera indefinible, como si la imagen de semejante privación pudiera intimidar a su hermana. Le gustaba proferir esas amenazas que creÃa magistrales—. Pero al menos ha sido listo al decirte que no.
Marian siempre habÃa tenido las ideas muy claras sobre eso de ser listo; como se decÃa su hermana para sus adentros, se le daba muy bien. Por suerte Kate tenÃa dónde refugiarse contra su irritación.
—Me dijo que no —repitió sin más—. Pero, al igual que tú, cree en la tÃa Maud. Me amenazó con maldecirme si la dejaba.
—Y ¿no lo harás? —Como al principio la joven no dijo nada, su hermana insistió—: ¿No lo harás, verdad? Ya veo que no. Pero, aun asÃ, no entiendo por qué no puedo insistir para que comprendas la verdad de una vez. La verdad, cariño, de tu deber. ¿Nunca te has parado a pensarlo? Es tu mayor deber.
—Y vuelta con lo mismo —se rio Kate—. Papá también insistió en que era mi deber.