Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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—¡Oh!, no quiero ser pesada, pero creo saber más que tú de la vida, tal vez más que nuestro padre. —En ese momento, y a pesar de todo, Marian pareció ver al personaje bajo la luz de una ironía más amable—. ¡Pobre papá!

Lo dijo con la misma gazmoñería que Kate había detectado más de una vez en sus: «¡La pobre tía Maud!». Esas cosas le asqueaban y se dispuso a marcharse. Una vez más, llevaban la marca de la abyección; era difícil decidir cuál de las personas implicadas había demostrado mejor lo poco que la querían. La joven se propuso, no obstante, no seguir discutiendo y se convenció de haberlo logrado en los diez minutos que, para no irse sin más, dejó pasar antes de poder retirarse con un mínimo de elegancia. Sin embargo, en ese momento reparó en que Marian seguía sermoneándola y en que había dicho algo a lo que no le quedó más remedio que responder.

—¿A quién te refieres con «el joven de la tía Maud»?

—¿A quién va a ser sino a lord Mark?

—Y ¿de dónde sacas esas tonterías vulgares? —preguntó Kate con gesto tranquilo—. ¿Cómo llegan esas habladurías a este agujero?


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