Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Nada más decirlo se preguntó qué había sido de la elegancia por la que se había sacrificado. Marian desde luego no hacía nada por salvaguardarla, y sin duda su queja no podía ser menos consecuente. Quería que «se trabajase» Lancaster Gate, pues estaba convencida de que aquel lugar de abundancia podía trabajarse, pero no entendía por qué aprovechaba semejante vínculo para afrentar su humilde hogar. De hecho pareció llegar a la conclusión de que si seguía en aquel «agujero» era por culpa de Kate, que encima la criticaba sin piedad por vivir en él. No obstante, no le aclaró, como le había pedido, de qué manera había llegado a sus oídos aquel rumor, así que su hermana no tuvo más remedio que interpretarlo, una vez más, como un indicio de la insidiosa curiosidad de las señoritas Condrip. Vivían en un agujero más profundo que Marian, pero pegaban el oído al suelo, y se pasaban el día merodeando, mientras que Marian, con una ropa y unos zapatos que cada día parecían más grandes y holgados, nunca salía a merodear. Había veces en que Kate se preguntaba si el destino no habría enviado a las señoritas Condrip para advertirla sobre su propio futuro y mostrarle en qué podría convertirse al llegar a los cuarenta, si dejaba sin más que las cosas siguieran su curso. De todos modos, tal vez no hiciese falta esperar mucho para que lo que tanta gente esperaba de ella dejase de tener gracia. No sólo debía romper con Merton Densher para contentar a cinco espectadores (contando a las señoritas Condrip), sino también correr en persecución de lord Mark en nombre de la ridícula teoría de que el triunfo estaba ligado a una recompensa. Dicha recompensa la había establecido la mano de la señora Lowder y aguardaba al final del camino como una campanilla que, en cuanto la tocara, desencadenaría el clamor de la multitud. Kate argumentó con perspicacia sobre los puntos débiles de aquella ingenua ficción, con el efecto de que consiguió zarandear la confianza de su hermana; aunque la señora Condrip continuó refugiándose en la excusa —que era, a fin de cuentas, la clave del asunto— de que su tía sería generosa si la contentaba. La identidad exacta del candidato no era más que un detalle: lo esencial era el «partido» que podría encontrar con su ayuda su sobrina. Marian siempre llamaba «partidos» a los candidatos al matrimonio, pero eso volvía a ser sólo un detalle. Entretanto, la «ayuda» de la señora Lowder las esperaba: si no para iluminar el camino hasta lord Mark, entonces hasta alguien mejor. Marian, en suma, estaba dispuesta a conformarse con alguien mejor, pero no con alguien peor. Kate tuvo que volver a oír todo eso antes de encontrar una salida digna. El precio fue sacrificar al señor Densher a cambio de reducir a lord Mark al absurdo. Sólo así se despidieron sin rencor. Marian no volvería a hablarle de lord Mark, a condición de que ella prometiera no trabar relación con nadie a escondidas. Había renunciado a todo y a todos, pensó Kate al salir, lo cual era un alivio, pero también dejaba en suspenso su futuro. Y la aridez de semejante perspectiva hacía que tuviese ya algo en común con las señoritas Condrip.


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