Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Ella movió la cabeza con frivolidad y tristeza al ver que no la había entendido.

—Ni siquiera para gente con vestidos sacados de Veronese. Lo que digo es que la verdadera belleza radica en que no haría falta bajar. De hecho —añadió—, no me muevo. No he salido. Me quedo en casa. Por eso me ha encontrado usted, felizmente.

Lord Mark se sorprendió: era, ¡oh, sí!, apropiadamente humano.

—¿No sale a pasear?

Ella contempló el palacio, el piso de arriba de las habitaciones donde lo había recibido, la sala que correspondía a la sala de abajo y cuyos arcos góticos daban al Gran Canal. Las ventanas entre los arcos estaban abiertas, la cornisa del balcón era ancha, la vista del canal, desde aquella altura, admirable, y el aleteo de las cortinas blancas una invitación a no habría sabido decir qué. Pero al cabo de un rato no hubo ningún misterio; nunca se había sentido tan invitada a vivir allí mismo y sin más su aventura. Sería —volvió otra vez a lo mismo— la aventura de no moverse.

—Paseo por aquí.

—¿Quiere decir —preguntó enseguida lord Mark— que, en realidad, no se encuentra bien?


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