Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Estaban ante la ventana, haciendo una pausa, demorándose, con los bellos, descoloridos y antiguos palacios enfrente y la lenta marea del Adriático a sus pies; pero al cabo de un minuto, y antes de responder, ella cerró los ojos y apoyó irresistiblemente la cara sobre los brazos, que descansaban en la albardilla. Se habÃa arrodillado sobre el almohadón que habÃa al pie de la ventana, y se quedó allÃ, sumida en un largo silencio, con la frente hacia abajo. SabÃa que su silencio era en sà mismo una respuesta directa, pero se sentÃa incapaz de afirmar que podÃa seguir adelante. A otros, por ejemplo, a un hombre como Merton Densher, no les habrÃa permitido sacar a relucir siquiera la cuestión, y se preguntó qué significarÃa lo que sentÃa por lord Mark para que al oÃrla de sus labios hubiese estado a punto de ceder. En realidad, era sin duda porque apenas le interesaba; dejarse llevar asà en su presencia, dejar que su roce desbordara la copa, serÃa el alivio —pues lo cierto era que sus nervios necesitaban alivio— menos costoso. Además, si habÃa ido a verla con las intenciones que suponÃa, o incluso si dicha intención la habÃa determinado el hechizo de la situación, lord Mark no debÃa confundirse respecto a su valor: pues ¿qué valor tenÃa ella ahora? Allà arrodillada se estremeció al pensar que no tenÃa ninguno; aunque, conteniéndose, sin decir nada aún, intentó recuperar lo más posible. Entonces tuvo una revelación: ¿no radicarÃa su valor, para el hombre que se casara con ella, precisamente en los estragos de su enfermedad? Ella podÃa no durar, pero su dinero sà durarÃa. Para un hombre cuya visión del dinero fuese intensa y para quien constituyera el principal motivo para interesarse por ella, cualquier perspectiva de que no fuese a seguir mucho tiempo en este mundo podÃa constituir fácilmente un verdadero aliciente. Un hombre asÃ, decidido a complacerla, persuadirla, hacerla suya el tiempo, corto o largo, que la naturaleza y los médicos permitieran, estarÃa dispuesto a poner a mal tiempo buena cara, por muy enferma, deteriorada o desagradable que estuviese, pensando en los beneficios futuros, pues era evidente que, con toda probabilidad, ella sabrÃa ser generosa con un marido afligido y desconsolado.