Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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A veces se había dicho a sí misma, de manera general, que cualesquiera que fuesen los hábitos que adoptara su juventud, el de ver un pretendiente interesado detrás de cada esquina no llegaría a ser uno de ellos, actitud que desde muy pronto había juzgado tan innoble, tan perniciosa. Por ello había procurado evitarla en lo posible, y apenas supo por qué en ese momento se había sorprendido a sí misma atribuyéndole a lord Mark un motivo tan indigno. No acababa de encajar, aquel motivo indigno, con los fríos ojos ingleses de lord Mark; en cualquier caso, su imaginación sólo consideró un instante sus aspectos más sombríos. Y además, de ese modo, las sospechas se simplificaron: había una buena razón —en realidad dos— para que los motivos de su acompañante careciesen de importancia. Uno era que, aunque estuviese dispuesto a aceptarla sin un penique, no se casaría con él por nada del mundo; el otro que, a fin de cuentas, le pareció amable, sensible, agradable y humanamente preocupado por ella. Había además otras dos cosas: su intención de portarse bien o muy bien con ella, y que empezaba a notarla amenazada, obsesionada, desolada; pero ambas se estaban fundiendo en una sola haciendo que, al combinarse, se convenciera aún más de que, como probablemente lo formulase para sus adentros, le gustaba. Eso era lo que le constaba: que le gustaba de verdad y que era capaz de conciliarlo con el accidente de su debilidad. ¿De verdad habría preferido —podía preguntarse Milly— que le desconcertara o asqueara? Si pudiera conmoverlo lo bastante para que actuase como ella quería y no planteara preguntas ni exigiera explicaciones, podría ayudarla mucho más que dándole sólo ocasión de rechazarlo. Una vez más, una vez más, era extraño, pero en ese momento le pareció su único simpatizante fiable. Hablar con los demás habría empeorado las cosas, pero con él no temía que pudiera torcer el gesto o empalidecer. Lo conservaría, es decir, conservaría su única relación fácil, en el sentido de que era fácil para él. Su presente perspectiva tenía tanto encanto, lo que les rodeaba por dentro y por fuera hacía que un silencio admirado resultara tan natural como en la ópera, hasta el punto de que no tuvo la sensación de haberle hecho esperar demasiado cuando, por fin, en lugar de decir si estaba enferma o no, repitió:


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