Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Paseo por aquÃ. No me canso. Ni me cansaré… Me gusta tanto… Me encanta este sitio —prosiguió— y no tengo ninguna intención de marcharme.
—Yo tampoco la tendrÃa si tuviese su suerte. Pero aun asÃ, a pesar de la suerte, toda la… ¿De verdad quiere quedarse a vivir aquÃ?
—Creo que me gustarÃa —respondió la pobre Milly al cabo de un instante— morir aquÃ.
Y eso precisamente hizo reÃr a lord Mark. Era lo que la joven querÃa oÃr en quienes se preocupaban por ella: era la forma más humana y amable, sin abismos de oscuridad.
—¡Oh, no es lo bastante bueno para eso! ¡Hay que elegir muy bien! Pero ¿no podrÃa seguir alquilándolo? Es, ya me entiende, un sitio ideal para usted; está usted a la altura de su renombre, se basta sola para llenarlo, poblarlo, y se me ocurren cosas mucho peores, peores, digo, para sus amigos, que el que pasara aquà tres o cuatro meses al año. Sin embargo, no me parece indicado para el resto del tiempo. Uno tiene otros planes para usted.
—¿Qué planes? —preguntó sonriente—. ¿Matarme?
—¿Insinúa que en Inglaterra la matarÃamos?