Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Bueno, le he visto a usted y me asusta. Son ustedes demasiado para mÃ… y también demasiados. Inglaterra está llena de incógnitas espinosas. Esto, como bien acaba de decir, encaja mejor conmigo.
—¡Ja, ja! —lord Mark volvió a reÃrse como para darle la razón—. En ese caso ¿no podrÃa comprarlo… por una cantidad? Le aseguro que se lo venderán. Si les ofrece lo suficiente.
—Es justo lo que he pensado —dijo—. Creo que lo intentaré. Pero, si lo consigo, no me moveré de aquÃ. —Estaban hablando con sinceridad—. Será mi vida… comprada a ese precio. Se convertirá en mi gran concha dorada; y quien quiera encontrarme tendrá que venir a buscarme.
—¡Ah!, entonces estará usted viva —respondió lord Mark.
—Bueno, tal vez no del todo extinguida, pero sà encogida, gastada, marchita como una nuez reseca en su cáscara.
—¡Oh! —replicó lord Mark—, nosotros, por mucho que desconfÃe de nosotros, podemos hacer mucho más por usted.
—¿En el sentido de que creen que lo mejor para mà es acabar cuanto antes?