Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Él dejó que viera que le preocupaba, y después de mirarla un rato, sin los anteojos —que siempre alteraban la expresión de sus ojos—, volvió a colocarse las pinzas en la nariz y a contemplar la vista. Pero la vista, a su vez, lo liberó enseguida.
—¿Recuerda lo que le dije aquel dÃa en Matcham… o al menos lo que quise decirle?
—¡Oh, sÃ!, recuerdo todo lo que hablamos en Matcham. Es otra vida.
—Desde luego lo será, eso mismo es lo que quiero decir: lo que intenté darle a entender entonces. Matcham, ya me entiende —continuó—, es simbólico. Creo que intenté demostrárselo.
Ella recordaba muy bien lo que habÃa intentado: no habÃa olvidado ni un solo detalle.
—Lo que digo es que parece que fue hace cien años.
—¡Oh!, a mà me parece más reciente. Tal vez lo recuerde en parte —prosiguió— porque sabÃa muy bien lo que podrÃa decirse que estaba haciendo. QuerÃa que entendiera que tal vez podrÃa cuidar de usted, en fin, bastante mejor… Bastante mejor, por supuesto, que otras personas en particular.
—En particular que la señora Lowder, que la señorita Croy e incluso que la señora Stringham.
—¡Oh, la señora Stringham no es problema! —se corrigió enseguida lord Mark.