Las alas de la paloma

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Eso la divirtió a pesar de las otras cosas que la angustiaban; y en cualquier caso pudo demostrarle lo poco que, a pesar de los cien años, había olvidado lo que le estaba insinuando. Que estuviese con ella en ese instante sirvió de hecho para que el otro momento fuese tan vívido que estuvo a punto de romper a llorar como había hecho entonces.

—Podría hacer eso por mí, sí. Le comprendí perfectamente.

—Quise, entiéndame —se explicó pese a todo—, reafirmar su confianza. Ya me entiende, en el lugar indicado.

—Bueno, lord Mark, pues lo consiguió: mi confianza está justo ahora donde la dejó usted entonces. La única diferencia —dijo Milly— es que ahora no sé muy bien qué hacer con ella. Además —prosiguió—, tengo la sensación de que está usted dispuesto a socavarla un poco.

Él prestó tan poca atención a estas últimas palabras como si no las hubiese dicho, y se limitó a mirarla bajo una luz que poco a poco fue volviéndose diferente.

—¿De verdad está usted en un aprieto?

Milly, a su vez, no le hizo caso. Comprendió que esa luz también podía servirle a ella.

—No diga, no intente decir nada que sea imposible. Puede usted hacer cosas mucho mejores.


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