Las alas de la paloma

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Él consideró su respuesta y luego fue más allá.

—Es monstruoso que uno no pueda preguntarle como amigo lo que tanto ansía saber.

—Y ¿qué quiere saber? —Habló, con un cambio brusco, con una leve aspereza—. ¿Si estoy enferma de gravedad?

El tono en que lo dijo, aunque no levantara la voz, revistió la idea de una especie de terror, aunque de terror para los demás. Lord Mark torció el gesto y se ruborizó, era evidente que no había podido evitarlo; pero logró dominarse e incluso habló con una vivacidad desacostumbrada.

—¿Es que cree que puedo verla sufrir y no decir palabra?

—No me verá sufrir… No tema. No seré un engorro público. Creo que por eso me gusta este sitio: es tan hermoso y sin embargo alejado… No se enterará usted de nada —añadió; y luego, como para concluir con decisión—: ¡No saben nada! No, ni siquiera usted. —Él la miró con un vestigio de su primera expresión, y ella vio con idéntica claridad que, por su parte, estaba desconcertado; entonces quiso asegurarse de no haber sido desconsiderada. Sería amable de una vez por todas y ya está—: Estoy muy enferma.

—Y ¿no hace nada?


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