Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Vagaba, en las mejores horas de los días templados, y en las múltiples ocasiones a las que hemos aludido, por la parte de los jardines más próxima a Lancaster Gate y, cada vez que, a la hora convenida, Kate Croy salía de casa de su tía, cruzaba la calle y entraba por la entrada más cercana, su desenvoltura prestaba un matiz ligeramente anómalo a su comportamiento. Si el encuentro hubiese sido franco y libre podría haber ocurrido en la casa; si hubiese tenido que ser discreto o secreto, cualquier sitio habría sido mejor que al pie de las ventanas de la señora Lowder. De hecho, no se demoraban mucho en aquel lugar; paseaban, caminaban, y recorrían grandes distancias en el curso de sus frecuentes conversaciones, o bien elegían un par de sillas al pie de uno de los grandes árboles y se sentaban lo más lejos posible de los demás. Pero en cada ocasión Kate daba al principio la impresión de querer exponerse, por así decirlo, a la caza y captura. Quería dejar claro que no era vulgar ni solapada, que los jardines eran deliciosos en sí mismos y disfrutar de ellos una cuestión de buen gusto; y que, si su tía decidía espiarla desde el salón o mandar que la siguieran y acecharan, estaba dispuesta a ponerle las cosas fáciles. Lo cierto era que la relación entre estos dos jóvenes abundaba en esas peculiaridades que muy bien podrían simbolizar esas citas que tienen mucha más apariencia que motivo. Ya tendremos tiempo de comprobar la fuerza del lazo que les unía, pero era muy evidente que, si se había presentado la gran ocasión, había sido, de manera excepcional, bajo los auspicios de la famosa ley de los contrarios. Cualquier profunda armonía que pudiera llegar a gobernarlos no sería el resultado de lo mucho que tenían en común, pues lo único que compartían era su afecto, y encontraría en cambio su explicación, en cierto sentido, en que cada cual era pobre allí donde el otro era rico. No es nada nuevo que las personas jóvenes y generosas admiren más que ninguna otra cosa aquello que la naturaleza les ha negado… de lo que podría deducirse, en fin, que nuestros dos amigos eran generosos.


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