Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Directas a casa… dentro de un dÃa o dos. La tÃa Maud quiere marcharse cuanto antes.
Densher tuvo que esforzarse por entenderlo.
—Y ¿qué será de la señorita Theale?
—Lo que te he dicho. Se quedará y tú con ella.
Él la miró fijamente.
—¿Solos?
Kate sonrió como en respuesta a su tono.
—Ya sois mayorcitos… y os hartaréis de ver a la señora Stringham.
Nada podrÃa haberle extrañado tanto, si hubiese podido medirlo, como ser capaz de sentir, mientras ella le iba diciendo todas estas cosas, que en esencia estaba «viendo lo que iba a responder», un instinto compatible por tanto con esa ausencia de la necesidad de conocerla mejor a la que un momento antes ella habÃa aludido tan injustamente. Si no hubiese comprendido con un fogonazo que ella acabarÃa derrumbándose, probablemente no habrÃa podido seguir. Sin embargo, como no se derrumbaba, no le quedaba más remedio que continuar.
—Lo de marcharos ¿ha sido idea de la señora Lowder?
—Desde luego que sÃ. Por supuesto; ya ves lo que está dispuesta a hacer por nosotros. Y no hablo —añadió— sólo de marcharse, sino de su opinión sobre el decoro general del asunto.