Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Bueno —dijo—. Tienes mi palabra de honor de que me quedaré, si prometes ir a verme.
Una vez más, como antes, ella se puso tan rÃgida que sólo acertó a mirar a su alrededor. No obstante, su rigidez representaba más para él que su buena disposición; pues la buena disposición era la mujer en sà misma, mientras que lo otro era una máscara, un parche y una «evasiva». El caso es que miró a su alrededor, y no en vano. Sus ojos recorrieron el salón y dieron con un pretexto.
—Lady Wells se ha cansado de esperar, mira, viene hacia aquÃ.
Densher lo vio, pero aún los separaba una distancia considerable y tenÃa tiempo.
—Si no aceptas, no acepto. No haré nada.
—Nada… —sonó como si quisiera implorarle.
—Nada. Me iré antes que vosotras. Mañana mismo.
Después, Densher tendrÃa la sensación de que, como suele decirse, incluso para los triunfos más vulgares, ella habÃa comprendido que hablaba en serio. Kate volvió a mirar a lady Wells, que estaba más cerca, pero enseguida miró a Densher.
—Y ¿si acepto?
—Lo haré todo.