Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Desempeñaba para él —sobre todo en las primeras horas después de aquella especie de fulgor— el papel de un tesoro escondido en la casa en un lugar sagrado y seguro, algo que sabía que volvería a encontrar en su sitio cuando a su regreso metiera la vieja y maciza llave en la cerradura. Bastaba con abrir la puerta para volver a notarlo en todas partes; y de un modo tan intenso que, como suele decirse, para él no era posible otro acto que el acto renovado, casi la alucinación, de la intimidad. Dondequiera que mirase, o se sentase, o se plantara, cualquiera que fuese el detalle que llamase su atención, no formaba parte del presente, nada nacido del tiempo o la ocasión podía serlo, ni lo sería jamás; era como cuando se alza el telón y los violinistas asisten, noche tras noche, a la función que se representa en el escenario. Se había convertido así, en su propio teatro, en su propia persona, en la orquesta perpetua de la obra en cartel, del último éxito, y tocaba despacio y con sordina, como siempre, en los momentos de máxima importancia. Nadie más fue a visitarle; a veces tropezaba en la piazza o en sus paseos, con gente, recordada u olvidada, que decía conocerle, casi efusiva, a veces incluso inquisitiva, pero él nunca daba sus señas ni propiciaba el trato con nadie; tenía la sensación de no poder abrir por nada del mundo la puerta a una tercera persona. Esa persona le habría interrumpido, habría profanado su secreto o tal vez incluso lo habría adivinado; en cualquier caso habría quebrado el hechizo de lo que —ante la ausencia de pruebas— consideraba que obraba en su interior. Se había entregado —y eso era más que suficiente— al sentimiento de su renovado compromiso de fidelidad. La fuerza de dicho compromiso, la particular solidez del contrato y, sobre todo, el modo en que debía cumplir su parte de un acuerdo por el que le habían pagado con tanta generosidad el precio que él había fijado, ocupaban por completo su conciencia cuando no había nada exterior que lo perturbase. Nunca se vio una conciencia tan concentrada en lo que la ocupaba; y a eso nos referíamos al hablar de la opresión del éxito, la sensación más bien glacial —que invitaba a la soledad— del reconocimiento supremo. Si era un poco horrible sentirse tan justificado, era por la pérdida de calor del elemento de misterio: en lugar de él reinaba la lucidez y eso era lo que él se sentaba a contemplar fijamente. Se desembarazaba de ella una docena de veces al día, intentaba romper esa comunión calmada y continua. Ella no había querido legarle una comunión calmada, sino algo muy diferente, una especie de fidelidad que también podía llamarse una acción prudente.


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