Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Densher era perfectamente consciente de que no habÃa nada menos parecido a una acción prudente que ese éxtasis del que disfrutaba cuando estaba en casa. Lo más raro era que para ser fiel a Kate tenÃa que apartar de ella sus ojos, sus brazos, sus labios: tenÃa que dejarla. TenÃa que recordar que era hora de ir al palacio… lo cual era, de hecho, un alivio, pues la contención resultaba tan eficaz como imperativa. Lo que ocurrÃa, por suerte, hasta entonces era que al cerrar la puerta la dejaba recluida. Se apartaba de ella, nada más alejarse un poco, y antes de llegar al palacio, y con más razón después de oÃr cerrarse el enorme portone a sus espaldas, se sentÃa lo bastante libre para no reparar en que su situación era opresiva y falsa. Kate lo era todo en su pobre habitación, y en esos salones suntuosos no era ni siquiera una sombra, asà que sólo reflexionando podÃa reparar en su falsedad; mientras estuviese a merced de la suerte benévola, no tendrÃa rostro ni le exigirÃa cosas que no podÃa concederle sin agravar los sentimientos que ocultaba en su interior. Ese agravamiento habÃa sido lo que le habÃa horrorizado al principio; sin embargo, ¿acaso no disminuÃa el horror en presencia de Milly? Tal vez no llegara a desaparecer del todo, y todavÃa podÃa inmiscuirse la vergüenza. Sin embargo, cada vez hacÃa un poco más lo que preferÃa y de momento eso le mantenÃa a salvo. Lo que preferÃa era, en cualquier caso, saber por qué las cosas eran como las sentÃa; y, en este caso, diez dÃas después que partieran sus otras amigas, lo sabÃa muy bien. Además, comprendÃa perfectamente que —aun enalteciendo al máximo la pureza de sus motivos— no habÃan sido ni Kate ni él, sino Milly quien habÃa hecho que su extraña relación con ella fuese, en la medida de lo posible, inocente; no habÃan sido ellos quienes la habÃan purificado, si es que estaba purificada. Al menos en lo que a él concernÃa, Milly se encargaba de todo: Milly, y la casa de Milly, y la hospitalidad de Milly, y los modales de Milly, y la personalidad de Milly, y, tal vez más que ninguna otra cosa, la imaginación de Milly, aunque desde luego la señora Stringham y sir Luke le ayudaran un poco; gracias a todo ello disfrutó de la suerte de tener un buen pretexto para preguntarse qué más podÃa hacer. Algo incalculable actuaba por ellos, por Kate y por él; algo exterior, que estaba por encima de ellos, fuera de su alcance, y sin duda era mucho mejor que ellos: pero eso no era razón para no aprovecharlo. No aprovecharlo, en la medida en que suponÃa una ventaja, habrÃa equivalido a actuar directamente en su contra; y nada habrÃa perturbado más la generosidad que animaba entonces a Densher que tener que actuar directamente en contra de Milly.