Las alas de la paloma

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La clave era no acobardarse ante aquel recordatorio, por más que requiriese todo su tacto. En cuanto a la visita en sí misma, ya sabemos que no estaba dispuesto a consentirla bajo ningún concepto, aunque figurase en primer lugar en la lista de las cosas más convenientes elaborada por Kate. Era libre de preguntarse si el criterio de Kate no habría cambiado después de lo ocurrido, pero, aunque decidió que probablemente no fuese así, no por eso renunció a proceder con tacto. Le gustaba pensar que el «tacto» era su principal puntal en caso de duda; le ayudaba en aquel trance porque era lo indicado para las personas buenas y sensibles. En suma, mientras le sirviera no sería inhumano. Así que tendría que utilizarlo para no endulzar demasiado las esperanzas de Milly. No quería ser grosero, pero tampoco que volvieran a florecer en ese sentido particular; de modo que miró a su alrededor en busca de un término medio y, desafortunadamente, dio un paso en falso.

—¿Le parece prudente alterar su costumbre de no salir de casa?






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