Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¿Prudente…? —Lo miró veinte segundos con un exquisito y pálido brillo en la mirada. ¡Oh!, pero a estas alturas Densher ya no necesitó torcer el gesto; lo habÃa torcido para sus adentros nada más cometer esa equivocación. HabÃa hecho justo lo que ella le habÃa pedido en Londres que no hiciera; habÃa tocado, estando a solas con ella, el nervio hipersensible del que le habÃa hablado. Desde aquella ocasión en Londres no habÃa vuelto a tocarlo; pero notó que ahora le resultaba aún más insoportable. Asà que por un momento se quedó más desconcertado que jamás en toda su vida. No podÃa insistir en que pensaba que estaba muriéndose, pero tampoco podÃa fingir que la creÃa indiferente a las precauciones. Entretanto, ella redujo sus posibilidades.
—¿Tan terriblemente enferma cree que estoy?
Abochornado, se replegó sobre sà mismo; pero después de ruborizarse hasta la raÃz del cabello dio con lo que estaba buscando.
—Creeré lo que usted me diga.
—Bueno, pues estoy espléndidamente.
—¡Oh!, eso salta a la vista.
—Me refiero a que puedo vivir.
—Nunca lo he dudado.
—¡Sólo digo que tengo muchas ganas de vivir…! —insistió.
—¿Y bien…? —preguntó cuando ella hizo una pausa conmovida.