Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Pues que sé que puedo.
—¿Haga lo que haga? —procuró no sonar solemne.
—Haga lo que haga. Si me lo propongo.
—¿Le basta con proponérselo?
—Si quiero vivir, podré vivir —repitió Milly.
HabÃa cometido una torpeza, pero la compasión le hizo dudar.
—¡Ah!, eso sà que lo creo.
—¡Lo haré, lo haré! —exclamó; aunque abrumada por el peso de sus palabras, se volvió hacia él en busca de un poco de luz y del timbre de su voz.
Él tuvo la sensación de sonreÃr a través de una neblina.
—¡Debe hacerlo!
Eso la devolvió a la primera cuestión.
—En ese caso, ¿por qué no Ãbamos a poder ir a verle?
—¿La ayudará eso a vivir?
—Todo ayuda —se rio ella— y por lo general quedarme en casa no es tan importante para mÃ. Sólo que no quisiera faltar…
—¿SÃ? —habÃa vuelto a interrumpirse.
—Bueno, el dÃa que nos invite.