Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Era sorprendente el cambio que había producido en él esa pequeña conversación. Todos sus escrúpulos habían desaparecido de pronto, y habían dejado paso a algo muy extraño y que sólo acertaría a comprender después de marcharse.

—Puede usted venir —dijo— cuando quiera.

No obstante, lo que había sucedido —el abandono, casi violento, de todo lo que no fuese la realidad de la joven— se reflejó al parecer en su rostro o en su actitud de manera tan viva que ella lo tomó por otra cosa.

—Entiendo cómo se siente… Soy una pesada y, antes que tener que soportarme, preferirá usted marcharse. Así que da igual.

—¿Que da igual…? ¡Oh! —se quejó él.

—Si por culpa de eso va a escapar usted de nosotras, preferimos que se quede.

Le pareció un detalle muy hermoso que hablara también por la señora Stringham. Fuese como fuese, en todo caso, él negó con la cabeza.

—No me marcharé.

—Pues ¡yo tampoco iré! —exclamó muy animada.

—¿No vendrá usted a verme?

—No… jamás. Se acabó. Pero no pasa nada. Quiero decir que, aparte de eso —prosiguió—, no haré nada que no deba o a lo que no me vea obligada.


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