Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¡Oh! Y ¿quién va a obligarla a usted? —preguntó en el tono un tanto precario que utilizaba siempre para animarla—. Es la persona menos fácil de coaccionar que conozco.
—¿Tan libre me cree?
—Probablemente sea la persona más libre del mundo. Lo tiene todo.
—Bueno —respondió ella con una sonrisa—, llámelo asÃ. No me quejaré.
Estas palabras hicieron que, muy a su pesar, volviese a meter la pata.
—No, ya sé que usted nunca se queja.
Él mismo notó, nada más decirlo, la lástima que habÃa impregnado sus palabras. Decirle que lo tenÃa todo habÃa sido una extravagante prueba de humor, mientras que reconocer con tanta ternura que no se quejaba suponÃa una amable y terrible gravedad. Comprendió que Milly habÃa notado la diferencia; lo mismo podrÃa haberla alabado por mirar cara a cara a la muerte. Ella lo miró como si lo hubiese hecho y de nada sirvió que respondiese con más gentileza que nunca.
—No tiene mérito… cuando una ve su camino.
—¿A la paz y la abundancia? Bueno, supongo que no.
—Me refiero a conservar lo que una tiene.