Las alas de la paloma

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Se habían mirado más tiempo y con mayor insistencia de lo normal incluso en una fiesta celebrada en una galería; pero eso, al fin y al cabo, no habría tenido demasiada importancia, si no hubiese habido más cosas. No fue, en suma, sólo que sus ojos se hubiesen encontrado, sino que también entraron en contacto otros órganos, facultades y antenas conscientes, y, cuando Kate recordó después aquel hecho súbito y profundo, curiosamente lo imaginó de un modo muy peculiar: había visto una escalera apoyada en la tapia de un jardín y se había atrevido a subir para asomarse al jardín que había supuesto que debía haber al otro lado. Al llegar arriba se había encontrado cara a cara con un caballero que al parecer había tenido idénticas intenciones justo en el mismo momento, y los dos curiosos se habían quedado mirándose desde lo alto de sus escaleras. Lo importante era que se habían quedado allí el resto de la velada, no habían bajado; y, de hecho, al menos Kate había tenido todo el tiempo la sensación de estar arriba, sin retirada posible. O, dicho de manera más sencilla, se habían interesado mutuamente; y, de no haber sido por un feliz azar ocurrido seis meses después, el incidente no habría pasado de ahí. Este azar fue tan natural como todo lo que sucede en Londres: una tarde, Kate se había encontrado en el metro con el señor Densher. Había subido al tren en Sloane Square para ir a Queen’s Road y el vagón en el que entró estaba casi lleno. Densher se había sentado en el banco de enfrente y en el rincón más alejado, pero ella lo reconoció antes de que el tren volviera a ponerse en marcha. El día y la hora eran oscuros, con ella subieron otras seis personas y le costó encontrar asiento, pero su conciencia fue directa hacia él como si se hubiesen encontrado en un desierto luminoso. Ninguno de los dos había dudado ni un segundo; se miraron en el vagón abarrotado como si ella hubiese sabido que él estaría allí y él hubiese esperado verla entrar; así que, aunque dadas las circunstancias no pudieron intercambiar más que sonrisas y signos a modo de saludo, habría sido lo más natural que se hubiesen apeado en la siguiente estación para gozar de un poco más de tranquilidad. De hecho, Kate estaba segura de que allí era donde se dirigía el joven, por lo que quedó claro que si no se había bajado era sólo porque quería hablar con ella. Tuvo que seguir, con dicho propósito, hasta High Street, en Kensington, donde la marcha de uno de los pasajeros le dio su oportunidad.


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