Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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El principio —que ella recordaba con frecuencia— había sido una escena de inigualable brillantez para nuestra joven: una fiesta dada en una «galería» alquilada por una anfitriona que siempre hacía las cosas a lo grande. Un bailarín español, considerado en aquel momento la atracción de la ciudad; un poeta norteamericano, orgullo de un pueblo hermano, y un violinista húngaro que fascinaba al mundo entero; el nombre de éstas y otras atracciones había convocado generosamente a mucha gente entre la que —por un raro privilegio— se encontraba Kate. Llevaba, pensaba ella, una oscura existencia bajo el techo de su madre, y conocía a muy pocas personas que recibieran a semejante escala; pero había tenido trato con dos o tres que, al parecer, estaban relacionadas con ellas, dos o tres personas a través de las cuales la corriente de la hospitalidad, filtrada o difusa, podía extenderse de vez en cuando hasta candidatos más remotos. El caso es que una señora muy amable, amiga de su madre y emparentada con la dueña de la galería, se había ofrecido a llevarla a la fiesta y además le había presentado a varias personas de esas que, en las grandes veladas, siempre conducen a otras cosas, y que, en esta ocasión, culminaron en una conversación con un joven alto, rubio, un poco despeinado y más bien desgarbado, pero nada aburrido, que le había parecido distraído —él mismo reconoció que estaba en las nubes—, y más fuera de lugar que ningún otro invitado; lo más probable era que estuviese pensando en huir cuando le pararon para presentársela. De hecho, esa misma noche le confesó que conocerla había sido lo único que le había impedido marcharse, y que luego había comprendido lo mucho que habría lamentado hacerlo. A ese punto habían llegado a medianoche y, aunque en semejantes comentarios todo depende del tono, a medianoche el tono ya estaba ahí. Al principio a Kate le había causado aprensión su aire vago y cohibido —tenía a menudo esas aprensiones inmediatas—, pero luego fue igualmente consciente de que, al cabo de cinco minutos, algo había surgido —no pudo expresarlo de otro modo— entre ellos. No era nada que pudiera verse o tocarse, pero se podía sentir y saber; a los dos les había sucedido algo.


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