Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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No era, ni mucho menos, que Densher atribuyera esa violencia a cualquier posibilidad, pero era consciente de que no podía permitirse dejar escapar la menor ocasión. Lo más extraño del trance en que se hallaba era que, a pesar de tener tanto miedo de sí mismo, no temiera nada de sir Luke. Se aferraba a la impresión, basada en los otros momentos en que había disfrutado de su compañía, de que en cierta medida, sería indulgente con él. La verdad sobre Milly pesaba sobre sus hombros y resonaba en cada uno de sus pasos y, por el simple hecho de su presencia en Venecia, daba de momento, nombre y forma a todo lo que había allí; pero aún no se había asentado en su rostro, aquel rostro que con tanta franqueza había mirado a Densher la vez anterior. Su presencia, en aquella ocasión, no porque le hubiesen llamado, sino por un amistoso capricho de sir Luke, había tenido un carácter muy distinto; y, aunque nuestro joven no podía aspirar a recobrarlo, sí tenía la esperanza de reanudar aquellos lazos. No tenía intención, como se obligaba a repetir para sus adentros, de acapararle; pero lo cierto es que había algo que quería para sí. Algo —no se lo quitaba de la cabeza— que sir Luke le habría conseguido, si no hubiese sido imposible. Esos dos o tres días, en los que ni siquiera su sentimiento de la tensión que reinaba en el palacio le impidió creer que el destino se burlaba de él, fueron los peores. No recordaba haber estado tan desanimado. En situación precaria, sin libros, sin amigos, casi sin dinero, sólo podía esperar. Su principal sostén, de hecho, era su idea original, que no había olvidado, de esperar a tocar fondo. El destino inventaría, si le daba tiempo suficiente, algún horrible refinamiento. De momento, había inventado la desaparición de sir Luke. Cuando pasó el tercer día sin tener noticias, supo a qué atenerse. Cuando la señora Stringham fue a visitarle, él no le había dado ninguna respuesta que fortaleciera su fe, y el ultimátum que, según le había dicho, estaba aguardándole para cuando él estuviese preparado no llegaría a producirse, aunque sólo fuese porque no la había autorizado a responder en su nombre. Dios sabía que él no deseaba que se produjese.


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