Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Sin embargo, no fue ésta, nos apresuramos a declarar —y Densher pronto tuvo ocasión de comprobarlo—, la idea con que sir Luke se plantó por fin ante él. Pues al final fue a verle, justo cuando nuestro amigo habÃa llegado a la triste conclusión de que no podrÃa descuidar por más tiempo sus obligaciones londinenses. Cuatro o cinco dÃas, sin contar los viajes, representaban un gran sacrificio —para una cabeza no coronada— por parte de una de las luminarias médicas más eminentes del mundo; asà que en realidad cuando el personaje en cuestión, después de llamar al timbre, se presentó ante su puerta, a Densher le pareció una imagen tan cortante como un cuchillo. ResumÃa, de hecho, en una simple y terrible palabra, la magnitud —no quiso llamarlo de otro modo— del caso de Milly. Asà que el gran hombre no se habÃa ido, y eso expresaba un sometimiento tan grande a las enormes necesidades de la joven que algún efecto, alguna ayuda, alguna esperanza, formaban de manera flagrante parte de esa expresión. Para Densher fue, como si ante aquel desengaño, fuese consciente de diez cosas al mismo tiempo: la principal era que cabÃa la posibilidad de que, puesto que sir Luke seguÃa allÃ, Milly se hubiera salvado. Justo después, y con idéntica agudeza, llegó la sensación de que la crisis —que estaba claro que iba a prolongarse gracias a él— no tendrÃa un desenlace tan sencillo. No sólo su visitante no habÃa ido a hablar de Milly, sino que ni siquiera tenÃa intención de pronunciar su nombre; se habÃa pasado por allà sólo para decirle que, en lo poco que quedaba de su visita, cuyo fin estaba ya a la vista, no debÃa esperar nada de eso. Su actitud era parecida a la de la vez anterior, y era lo que le habÃa impulsado a ir a verle. Sólo se quedarÃa hasta el sábado, pero habÃa varias cosas interesantes que le gustarÃa ver. Por esas cosas interesantes, por Venecia y por la ocasión de disfrutar de Venecia, de dar un par de paseos, como él dijo, habÃa ido en busca de su joven amigo, lo cual produjo en éste, unas veinticuatro horas más tarde, una vez definido el caso, una reacción tan incongruente como beneficiosa.